Los cuadernos de campo de Matías Costa (cubierta negra atravesada por una línea blanca a unos tres cuartos del corte superior, como la estela dejada por un avión en vuelo bajo, resuelto y nocturno), configuran, desde el punto de vista plástico y conceptual, un colosal collage de varios millares de páginas en el que conviven los procesos, los proyectos germinados o inconclusos, los descartes o las tentativas frustradas, en un juego fértil entre evocación y anticipación, entre familiaridad y extrañeza. Si las fotografías de Costa tocan tierra, si se vuelven tangibles para indicarnos algo tanto del individuo como de lo común, si se acercan a sus modelos y objetos, es a través de ese cuerpo en papel, de esa compulsiva seducción de la escritura volcada en sus cuadernos.
De ese modo, se convierten en la zona acotada y protegida para el almacenamiento del recuerdo, en el laboratorio clandestino de procesos creativos y en el repositorio de una perenne indagación emocional. Es en esa colección de cuadernos, que alcanza ya el centenar de ejemplares, donde se plasma la capacidad de Matías Costa para conectar lo íntimo y lo colectivo. Revelan, por encima de todo, que no es un artista del objeto, del medio, del material ni del concepto; es un artista del proceso.
El trabajo fotográfico de Costa es conocido por haberse aproximado a comunidades que han sido proyectadas, como la esquirla de un explosivo, como la ganga escupida por la boca de la mina, lejos de los grandes proyectos en cuyo seno nacieron. Y, a lo largo de ese proceso, una pulsión de archivo y de destrucción le lleva a escribir en sus cuadernos, pegar, despegar, pintar, tachar, reescribir buscando lo que, como manifiesto no intencional, aparece reiteradamente: «A consecuencia de un hecho actual, otro anterior cobra importancia. Poner en conexión hechos separados en el tiempo. Hacer esos saltos temporales» Esta declaración, recogida en uno de sus cuadernos de campo, condensa la doble intención de Matías Costa en su trabajo como fotógrafo y en sus cuadernos como escritor.
Así, los cuadernos no desdeñan referencia alguna, no importa la procedencia, no importa el ámbito, el origen, la fuente, si hay en ellos una reverberación de lo que trata de desentrañar con un trabajo fotográfico poético y tangencialmente testimonial: lo que en el Cuaderno 12 es una reflexión de Chillida, «futuro y pasado son contemporáneos», en otro es la explicación de la historia en dos tiempos de Ricardo Piglia; lo que en un tercero es el «he de hacer tanto en tan poco tiempo» del Joker (cuando este aún era Jack Nicholson), en el siguiente es un eslogan publicitario fuera de su contexto; lo que en otro es una declaración de Tacita Dean («mi proceso es una labor incomprensible y anacrónica, como lo son todos los procesos artísticos», Cuaderno 12), en el siguiente es una reflexión programática sobre el abordaje del retrato; lo que en el Cuaderno 2 son las notas de lectura de Los emigrados de W. G. Sebald, en el siguiente es una declaración de angustiada soledad y, más allá, la frase de un amigo: «Solo pienso en dos cosas: esto de la foto y la familia» (Cuaderno 48); lo que es un ensayo de títulos para proyectos por comenzar, en otros es la narración de un sueño; y, en el siguiente, un pasaje de su novela fragmentaria e inacabada que lleva por título Dos hermanos.
En los cuadernos se despliega un proceso constante de autoconocimiento, autorreflexión y autoficción destilado de la búsqueda de unas raíces líquidas y evanescentes. Estos restos del discurso recogidos en centenares de paginas desafían cronologías, lugares y lógicas narrativas para desvelar la génesis y evolución de cada uno de sus proyectos fotográficos, la de una misma familia, la de la escritura como indagación y la de la fotografía como salida y curación. Brindan un contexto para lo que no se ve en la imagen, aportan un juego de simultaneidades y reflejos y sugieren de qué modo cada fotografía de Matías Costa nace solo de una proyección de anhelos, recuerdos y fantasías germinadas en un aislamiento fértil, en una cósmica soledad. Un proceso necesariamente individual, quintaesenciado en el verso de Pasolini: «Voy vagando de un lado a otro buscando hermanos que ya no están».
Carlos Martín, comisario