El país de los niños perdidos

1997

En 1998, Matías Costa viaja a Ruanda para fotografiar a los huérfanos del genocidio cometido por el gobierno contra su propio pueblo cuatro años atrás. Costa se fija en esa comunidad a la deriva formada por unos doscientos mil menores que afrontan una vida desarraigada y marcada por el trauma en unas imágenes que huyen del miserabilismo presente en otras formas de fotoperiodismo y acentúan su interés por ese mundo «sin padres» que marca todo el ciclo histórico del fin de la Guerra Fría para recordar uno de los efectos más devastadores de las dinámicas poscoloniales. Los huérfanos se convierten en la metáfora de los pueblos descolonizados arrojados a las manos de las dictaduras y las oligarquías locales en favor del interés velado de las antiguas metrópolis. Francisco Umbral (cuya experiencia de orfandad marca toda su literatura), glosó la serie de Costa con el poema «Los niños de Ruanda»: 

Hay sandalias y estrellas por la senda,
falta un niño al final de sus sandalias,
los niños de Ruanda un día se pierden
y amanecen descalzos, sin planeta.